martes, 6 de noviembre de 2012

Lo imposible

Hay un pensamiento que me ronda la cabeza desde el sábado, cuando fui a ver “Lo imposible”. No voy a comentar la película, sólo diré que me encantó, que lloré un montón y que hacía mucho tiempo que no experimentaba en una sala de cine, que al terminar la película, el público se pusiera espontáneamente a aplaudir. Solo por ser capaz de provocar de ese modo a los espectadores, independientemente de cualquier otra crítica, la película entra en una categoría aparte en el terrero de las películas memorables.

Pero el pensamiento que me persigue es que aunque me encantan las películas tipo “supervivencia” dónde el protagonista pasa por un montón de vicisitudes y logra vencer todo tipo de dificultades, siempre me provocan un poco de desazón, no puedo evitarlo. ¿Por qué? Porque independientemente de que me encanten esas historias, de que me identifique con esos personajes y llegue a quererlos y sufrir con ellos, en el fondo no puedo dejar de pensar que yo sería un personaje que siendo optimistas, no pasaría de los títulos de crédito (de los del principio).

¿Un tsunami? Pero si ni siquiera se nadar.

Yo sería una de las primeras víctimas sin nombre de una peli de asesinatos. Todos sabemos que están en la historia solo para que el asesino vaya calentando hasta llegar al enfrentamiento con los protagonistas, que ya cuentan con nombre y apellido. Porque los extras están ahí como los muebles, no tienen vida propia, sólo hacen bulto, no sienten ni padecen, no tienen pasado ni futuro, ni familia ni amigos.

Sería uno de los trabajadores anónimos de Jurassic Park que desde que ponen el pie en el bosque, están condenados a ser la merienda de Rex, dándole así tiempo a Sam Neill a ponerse a salvo, y de paso ligarse a la botánica.

Pero bueno, pensándolo bien, mis probabilidades de sobrevivir puede que no sean tan malas. Después de todo, yo nunca bajaría sola al sótano por la noche después de haber oído ruidos sospechosos, (ni con bate de base ball en la mano ni sin él), y menos si ya he visto que la mitad del vecindario o de mis amigos ha ido cayendo de manera creativa a manos de un psicópata asesino anónimo. Tampoco metería ni el dedo gordo del pie en un río, lago o charca que no conozca y menos si hay la más mínima sospecha de que haya pirañas, tiburones o tan siquiera ranas o moscas flotantes. Algo me dice que nunca estaré cerca del presidente americano (de ningún presidente si a eso vamos, como no cuente el de mi comunidad de vecinos, pero no creo que nadie quiera atentar contra el pobre). Nunca me iría a trabajar a un hotel aislado en mitad de la nieve, sin más compañía que una mujer chillona, un niño semi-autista y algún que otro fantasma. Ni se me ocurriría tratar de atravesar ningún desierto con la única compañía de una motocicleta que seguro que se me estropea y una cantimplora que seguro que pierdo en la primera duna. Y desde luego nunca intentaría dar la vuelta al mundo en globo. ¿Pero qué queréis que os diga? Si se acaba el mundo, no creo que yo vaya a ser la última superviviente. Por mucho que poder vagar a discreción por las tiendas vacías sea una fantasía algo más que secreta, seguro que los mutantes me cazan al minuto cero coma, sin haber tenido ocasión ni de probarme un Chanel auténtico.

¿Pero unas vacaciones familiares en Tailandia? Supongo que eso es lo que convierte a “Lo imposible” en una auténtica historia de terror.

Y a veces el humor es lo que nos queda para intentar olvidar lo frágiles que somos.

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