jueves, 15 de enero de 2015

Personas "espejo"

Yo las llamo así. Son esas personas a las que les rebotan los bits de información que les llegan.  ¿Nunca habéis tenido un mal momento, os habéis desahogado con alguien y esa persona se ha puesto a contaros sus propios problemas, hasta el punto de que a veces habéis acabado consolándola vosotros? Si os ha pasado algo así, conocéis a una persona espejo. Yo me he encontrado con varias a lo largo de mi vida y el resultado siempre es el mismo: al final dejas de sincerarte con ellas, y te limitas a temas banales.

La comunicación no se produce si un emisor emite un mensaje y el receptor en lugar de interactuar en función del contenido de ese mensaje, emite otro independiente. Eso es más bien un diálogo de sordos.

Y  no confundamos a las “personas espejo” con las personas que no saben escuchar. Aunque a veces pueden coincidir o confundirse, no siempre es así. Las personas “sin orejas” generalmente limitan sus “aptitudes” comunicacionales al acto de esperar su turno para hablar. Algunos despliegan tanta maestría y educación en esta espera que apenas se nota que no están recibiendo el input de su interlocutor.  Recursos muy agradecidos son la sonrisa permanente, los movimientos de cabeza y los “ajá, ajá”.   En este colectivo, además, hay un amplio rango en los niveles de tolerancia a la espera, que pueden ir desde el “frío calculador” que te mira a los ojos mientras piensa en sus cosas hasta el “impaciente puro” que solapa su discurso con el interlocutor, y nunca le deja terminar.

Pero las “personas espejo” son otra cosa. Está claro que te han escuchado porque ellos contribuyen a la conversación más o menos siguiendo el hilo del tema, sólo que con las variaciones necesarias para que ellos se conviertan en el elemento principal. También resulta sorprendente la habilidad que tienen para esta tarea. No resulta nada elegante que una conversación gire exclusivamente  en torno a una de las partes dialogantes. Para escuchar monólogos, ya está ““El Club de la Comedia”.

El mero acuse de recibo de un mensaje a veces no  es suficiente. Sentirse escuchado es muy importante, a veces más que recibir consejos baldíos, bienintencionados e  inútiles. Pero incluso más importante es sentirse reconocido, aprobado, apoyado, y ¿por qué no?,  querido. Una persona espejo puede hacer que su interlocutor se vuelva invisible y se sienta totalmente ignorado. A menudo una conversación con una persona espejo termina con el pensamiento de “¿por qué le habré dicho nada?”.

Las “personas espejo” también  pueden confundirse a veces con los que yo llamo “narradores de anécdotas”, esas personas que da igual que se esté hablando de la polinización de las camelias en los países tropicales, del tiempo que hace en Finlandia   o de una posible colonización extraterrestre,  que ellos siempre tienen alguna historia personal que contar sobre el tema.  Con los narradores de anécdotas, es imposible tener un debate serio sobre nada, porque no saben razonar ni extrapolar, sólo aportar ejemplos e historietas individuales.  (Es el de  “mi vecino fumaba como un carretero y se murió con 90 años” en un debate sobre el tabaco, o peor, el de “cada caso es un mundo”). Nada que ver con los “expertos” ,  ésos que “saben” de todo y no dudan en compartir su sabiduría. Los “expertos” pecan de lo contrario, suelen aportar cifras y datos analíticos de más a sus razonamientos, para dotar de mayor credibilidad a su discurso. El problema del “experto” suelen ser las fuentes de esos datos. (¿Google??)

Nos diferencia del resto de especies de este planeta una capacidad inconmesurable para explicar el mundo y comunicar nuestras ideas. Cuando el primer homínido pudo trasladarle a otro un mensaje sobre algo que ninguno de los dos estaba viendo, escuchando o tocando en ese momento,  cuando pudo comunicar a otro una idea mental, esa proyección tuvo que  producir una chispa parecida al Big Bang. Esa capacidad maravillosa no ha parado de crecer desde entonces y es el origen de todos los demás logros.  A veces no somos conscientes del milagro que supone la capacidad de entendernos con otros y de todos los diferentes objetivos que se pueden alcanzar con ella; llegar a Marte o consolar a un amigo, todo es parte de la misma corriente que fluye una y otra vez en todas direcciones en todas partes del globo. 










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