viernes, 18 de diciembre de 2015

Relato: Corazón de guata (I) - "La ardilla Marie"

La ardilla Marie llegó a mi vida unas navidades, las primeras que pasé lejos de mis padres y mi hermana. Yo tenía diecisiete años, benditos diecisiete, cuando mi única preocupación era tratar de disimular una,  creía yo, enfermiza timidez. Cuando íbamos al pueblo de mis padres en verano, solía coincidir con mi prima Elisa que también iba con sus padres a pasar unos días.  Nos encantaba estar juntas, era mi prima favorita y juntas no parábamos de meternos en líos, generalmente iniciados por Elisa, siempre mucho más lanzada que yo y más espabilada también a la hora de justificar con excusas nuestras travesuras. Elisa hablaba por los codos y con lo callada que era yo, éramos la pareja perfecta para el desastre.

Mi prima vivía por entonces  en Francia con sus padres y su hermano pequeño, un mocoso que siempre andaba detrás de nosotras y al que teníamos que despistar junto también a mi hermana pequeña, para que nos dejaran en paz.  Nos creíamos demasiado mayores para ir con los “pequeños”.  

En esa época para mí Francia y París eran palabras sinónimas y me sonaba todo a deleite y sofisticación, a una  idea sacada de alguna película, tan romántica como poco real, a señoritas con coleta y a caballeros con gorrito. Por supuesto, desde la ventana de todo parisino se veía la torre Eifflel, no podía ser de otro modo. Me daba mucha envidia mi prima, quería cambiarme por ella, qué estupendo vivir en Francia y hablar francés y no en nuestro “aburrido” Madrid. Año tras año les daba la tabarra a mis padres para que fuéramos a visitar al tío Andrés, sobre todo a mi madre, porque el tío era hermano suyo y siempre intentaba camelármela con ese pretexto pero nunca funcionaba, siempre había alguna excusa. Un año sin embargo, supongo que hartos de escucharme, por fin lo arreglaron todo para una visita aunque era yo la única que iba a ir.  ¡Mi primer viaje sola! No me importaron ni las interminables horas de autobús, ni el frío ni la lluvia ni el idioma, todo era soportable con tal de llegar al destino reluciente de colores que imaginaba en mi cabeza.

Resulta que mis tíos vivían en un pueblecito a una hora de París, del que ya ni recuerdo el nombre, en un barrio eminentemente obrero al que se habían trasladado en los años setenta, como tantos otros gallegos en busca de un futuro mejor. Iba a ser una solución temporal, mientras ahorraban lo suficiente para empezar su vida en común, pero habían pasado casi treinta años y cada vez se hablaba menos en voz alta del regreso, aunque la idea estaba ahí siempre,  flotando invisible.

En aquel villorrio francés no había nada interesante que ver ni que hacer.  Una calle principal lo recorría de punta a punta y allí se situaban en perfecta fila el ayuntamiento, el colegio, el instituto y un cine con cafetería. Alrededor se desplegaban unas callejuelas intrincadas que no seguían ningún trazado urbanístico lógico y que estaban repletas de pequeño comercios que cerraban por la tarde casi a la hora en la que en España se abría. Por lo menos yo fui en Navidad, cuando unos altavoces estratégicamente situados, inundaban el ambiente con villancicos, supliendo al menos la carencia de personas en la calle con algo de ambiente navideño, que si no, aquello hubiera parecido OK Corral antes del duelo.  Y panaderías, muchas panaderías, tantas como bares en España. Yo nunca había visto tantas y me costaba creer que hubiera clientela para todas. Supongo que algunas sobrevivían o malvivían gracias a algún tipo de inercia, porque yo nunca vi a nadie dentro.

Estaba tan ilusionada porque iba a ir a FRANCIA, así en mayúsculas, con la esperanza de ver maravillas, de pasear por París, de oír y practicar francés, de conocer gente interesante y comer delicias con nombres impronunciables. Y sobre todo quería contar a la vuelta a todas mis amigas de entonces cada detalle fantástico del viaje. Siempre era yo la que escuchaba sus historias, por fin había llegado mi momento.

Pero las navidades cosmopolitas que esperaba resultaron ser unas vacaciones corrientes y molientes en un pueblo que podía haber sido el de siempre, el de mis padres, dónde aún vivía mi abuela y al que íbamos invariablemente cada año en verano y dónde Elisa y yo nos lo pasábamos mil veces mejor que nos lo pasamos aquel año.  Ni rastro de París, que estaba demasiado lejos y mis tíos demasiado ocupados para llevarme.  El mayor enclave turístico del pueblo era el río que rodeaba el pueblo y que transportaba los vertidos de todas las fábricas de las afueras. La gastronomía que pensaba descubrir no existía en una casa de inmigrantes dónde mi tía cocinaba los mismos platos gallegos que mi madre, y en cuanto al idioma, mis tíos, mi prima y mi primo hablaban una perfecta mezcla de español –gallego dentro de las paredes de su hogar. Fuera de ese hogar, yo sólo me relacioné una tarde con los compañeros de cllase de mi prima, la mayoría también hijos de emigrantes,  con quiénes acudimos a una fiesta a la que tuvimos que ir en tren cruzando páramos desiertos, en la casa de un conocido de todos ellos, dónde comimos bombones y bebimos refrescos mientras escuchábamos música de grupos españoles, que por muy  increíble y frustrante que pareciera, resulta que se habían puesto de moda en Francia por esas fechas.  Mi conversación más larga fue con el anfitrión que intentaba explicarme las costumbres navideñas locales pero los dos acabamos pasándonos al inglés sino por pereza, tal vez por aburrimiento.

Para mis tíos, que habían crecido los dos al aire libre, en plena huerta, vivir en un pisito minúsculo suponía una especie de penitencia de la que esperaban salir algún día, con fuerzas renovadas. Pero tal vez porque cada vez veían más lejos el momento, mi tío había empezado a suplir la carencia de la tierra con un huerto minúsculo a las afueras,  arrendado al ayuntamiento y dónde se pasaba las horas muertas entre unos escasos calabacines, tomates y lechugas, que apenas llegaban para las ensaladas de la familia. Mi tía trabajaba limpiando casas que no eran suyas y volvía cerca de la noche, acalorada y despeinada, malhumorada y cansada  y se ponía a improvisar la cena y a quejarse de lo poco que mi tío ayudaba en casa. “Este hombre es un caso. Cuando era joven, no se acercaba a una azada y mírale ahora. Si hubiera mostrado el mismo interés por la tierra hace años, otro gallo nos habría cantado.” – esa era la letanía de mi tía todas y cada una de las noches que pasé con ellos.

Aquel invierno hizo un frío de mil demonios y mi prima y yo apenas podíamos salir a dar breves paseos que nos congelaban las manos  y los pies en medio de calles desiertas y que nos hacían desear no haber salido de casa. A insistencia mía, un día fuimos al cine, a ver una película cuya fecha de estreno ya había quedado en el olvido, pero cualquier cosa me parecía mejor que tomar otro chocolate en una cafetería vacía. Me quedé dormida durante la proyección.

El día antes de mi partida, mi tía me llevó en un rápido tour por los pocos comercios del pueblo y compró todos los regalos para mi familia que yo debía cargar en mi minúscula maleta: para mi madre, -que no ha bebido té nunca, si acaso alguna vez por descuido-, una tetera,  una pipa para mi padre no fumador, para mi hermana un papá Nöel a pilas que movía el brazo haciendo sonar una campanilla y por último, para mí, un plato y una taza de desayuno con una imagen de la torre Eiffel y una inscripción que ponía “Recuerdo de París”, artísticamente embalado dentro de una cestita junto a un peluche  (¿sabéis esos regalos dónde el embalaje es mejor que lo que hay dentro?).  Y con esos “souvenirs”, las pocas fotos que hice y toda mi ropa sucia, volví a casa, dando por finalizado mi primer viaje de adulta al extranjero y pensando en las pocas ganas que tenía de volver al instituto y encontrarme con mis amigas.

No sé qué fue de la taza, el plato creo que estuvo sosteniendo una maceta en casa de mi madre  muchos años, (¿qué sentido tiene guardar un ” recuerdo de París”, cuando ni siquiera se ha estado allí?), pero el peluche, una simpática ardillita a la que bauticé con el nombre de Marie (cómo no),  aún me sonríe con sus manos juntas debajo del mentón, como si rezara, sosteniendo una nuez que no se termina nunca, recordándome cómo a veces nuestras ilusiones no son suficientes para sostener la realidad.






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