domingo, 20 de diciembre de 2015

Relato: Corazón de guata (II) - "La jirafa Genoveva"

¡Ah! El amor …

Se conocieron en el trabajo. Ella acababa de terminar la carrera, cinco años de hincar codos y mal dormir para superar con nota todas las asignaturas de Derecho Económico. Primera de su promoción, aunque eso no impidió que anduviese unos meses deambulando por ahí, sin encontrar nada ajustado a su capacidad y a su talento. Pero finalmente la oportunidad llegó y la llamada tuvo lugar: uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad la reclamaba.

Por su parte, él ya llevaba unos años peleando con clientes y jefes, sin demasiado convicción, eso sí, porque lo suyo nunca había sido vocacional, sino más bien fruto de la herencia y el destino. Nieto e hijo de abogados, la cosa estaba clara. Podría haberse rebelado, desde luego, pero no se dio el caso, y no por falta de iniciativa sino de ganas, era demasiado perezoso para emprender una lucha que no estaba seguro que le fuera a reportar algo mejor de lo que tenía. Simplemente no se lo planteaba.

Al principio no se gustaron, eran demasiado diferentes y no parecían coincidir en nada. No importaba, ya que las relaciones profesionales pueden ser así, sin obligaciones personales. Pero tras varios meses coincidiendo a la hora de la comida, las conversaciones habían ido adquiriendo cada vez tonos más profundos, demostrando que más allá de las apariencias, había un poso común que no les importaba compartir.

Cuando alguien no te cae del todo bien, uno se siente liberado de la presión de gustar en reciprocidad y como consecuencia, se produce algo muy curioso, aflora nuestro verdadero yo, sin fingimientos (¿para qué?) ni pretensiones. Así se dio la paradoja de que fueron entablando una relación estrecha sin dobles lecturas y más basada en la sinceridad que la que mantenían cada uno de los dos con sus respectivos amigos.
El trato continuado también hace que lo que al principio parecía disgustarnos, ya no lo hace tanto, y lo que no nos parecía atractivo, a fuerza de costumbre, se vuelve agradablemente cotidiano.

Finalmente quedaron un día fuera del despacho. ¿Fue idea de él o de ella? Ninguno lo recordaba. Una tarde soleada de primavera, con ese olor en el aire que evoca el renacimiento que está a punto de suceder. Pasearon juntos por la ciudad, enseñándose mutuamente sus sitios favoritos, tomaron café él y refresco ella en una terraza, aún a medio preparar , sorprendida quizás por la inminente llegada del buen tiempo y hablaron de todo lo que en una oficina no da pie a hablar, no por nada, sino porque parece que no pega: la infancia, la familia, los sueños, las esperanzas, los miedos… y ahí terminaron de confirmar que después de todo no eran tan diferentes.

Los fines de semana dejaron de ser para la familia y los amigos, ya sólo contaban las horas pasadas juntos, momentos esperados, anhelados, horas, minutos que volaban sin darse cuenta y sin haber hecho nada en especial.  Sin percatarse siquiera, llegó ese momento en que cada uno reconocía en el otro a ese ser tan familiar que llenaba cada momento del presente, y sin cuya presencia ya no se recordaba el pasado ni se imaginaba el futuro.

Un día de noviembre, ¡medio año ya! bajo la lluvia, paseaban cogidos de la mano, como adolescentes, deteniéndose en cada escaparate para compartir besos y caricias, para comentar tonterías y reírse de naderías. Tras el cristal de una tienda ella vio a Genoveva. Aún no se llamaba así, claro, no se llamaba de ninguna manera, era un peluche solitario y anónimo, sin personalidad porque no tenía dueño.  Sólo era una jirafa sentada sobre sus cuatro patas.

-          ¡Mira qué graciosa la jirafa! – exclamó ella divertida  y siguieron caminando.

Al día siguiente, la jirafa Genoveva estaba en su escritorio con un lazo y una nota. El amor es lo que tiene, provoca esa necesidad urgente de  hacer feliz al otro, para ser feliz uno mismo.

La llamó Genoveva porque coincidió que en ese momento estaba leyendo la  historia de Genoveva de Brabante y estaba fascinada y aterrada al mismo tiempo por el destino de esa mujer y su hijo.  Tal vez era un nombre demasiado cargado de tragedia para una inocente jirafa sonriente, pero nadie elige su nombre al fin y al cabo.


Genoveva reposó sus largas patas en el cuarto de ella unas pocas semanas, luego lo hizo en el cuarto compartido cuando la pareja decidió que el tiempo que pasaban juntos no era suficiente y tenían que vivir juntos en un hogar nuevo, y mucho, mucho más tarde, pasó a reposar en el cuarto de su hija. Allí sigue, velando el sueño de mi sobrina Nora.






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