lunes, 4 de enero de 2016

Relato: Corazón de guata (VII) -"Chusco, perro callejero"

Era el cumpleaños de la señora Ana y las enfermeras de la residencia estaban colocando las nada menos que setenta velas en una tarta con forma de estrella. 

Pero la señora Ana ya no estaba para soplar velas ni comer tartas. Desde el último ictus de hacía unas semanas, prácticamente era un vegetal bajo unas sábanas. Sin embargo, su hermana pequeña Carmen se había empeñado en celebrar el cumpleaños como si no hubiera pasado nada y había encargado la tarta en una pastelería del centro dándoles precisas instrucciones: debería tener forma de estrella, la forma favorita de su hermana mayor, y con mucha nata, como más le gustaba, aunque ni siquiera iba a probarla.

Ana llevaba ya dos años en la residencia, había sido preciso ingresarla ya que ella no podía ocuparse adecuadamente de sus cuidados. Puntualmente acudía a visitarla cada sábado. Solía llevarle algunos dulces y alguna revista, cuando ella aún podía comer por sí sola y se entretenía viendo las fotos porque Ana nunca había aprendido a leer. 

A veces les acompañaba la hija de Carmen, Sofía, pero eran las menos porque a sus dieciséis años, la niña, que ya no lo era tanto, reclamaba cada vez más tiempo para sí. Ella la dejaba sin rechistar, después de todo veía que se esforzaba mucho con las clases en la academia de costura y el trabajo que le había conseguido una vecina en una panadería , se merecía algún tiempo libre haciendo algo divertido y no visitando a una vieja en una residencia. La dejaba salir con las amigas de costura, con las que iba al cine o a tomar un chocolate a la tasca de la Reme, a dos calles de casa. No podía quejarse, Sofía era una buena hija.

Tras el ictus, se había planteado si dejar de visitar a su hermana, ni siquiera estaba segura de que ella se diese cuenta de su presencia. Se sentaba al lado de su cama mientras Ana miraba fijamente el techo sin hacer el mínimo amago de notar su presencia.  A veces se llevaba una labor de punto para pasar el rato y sin darse cuenta acababa charlando con la enferma de las cuitas de la semana o de su tema preferido: el día que volverían a casa. Aunque ya hacía más de diez años desde que tuvieron que abandonarla, no había perdido la esperanza de volver algún día. Lo había ido retrasando, primero porque les llevo algún tiempo asentarse en Madrid, en casa de tío Juan y tía Encarna, gracias a los cuáles habían podido sobrevivir los primeros meses, después porque tenían que ahorrar lo suficiente, tanto ella como su tía se habían puesto a limpiar portales para ganarse el jornal. Y finalmente, tras la enfermedad de la tía Ana, el tema del regreso parecía haberse postergado definitivamente.

-La niña ya es mayor, cualquier día se echará novio y me dejará más sola que la una. – le contaba entre  bufanda y bufanda.

Otras veces se quedaba mirando fijamente a la anciana y suspiraba.

-¡Ay Anita! Me pregunto dónde estarás ahora.

 Ana estaba muy lejos, en el prado dónde jugaba de niña con sus primos, en la cocina dónde su madre le enseñó a cocinar, en la fiesta de la aldea, cuando los vecinos se reunían debajo del roble más grande y bailaban bajo las estrellas al son de la música que alguno de ellos tocaba con una gaita o a veces con el único instrumento de sus voces, o en el mercado dónde acudía con su madre y más tarde con su sobrina a vender lo poco que sacaban de la tierra y sacar algún dinerillo extra para los gastos.

Su hermana… Si ella supiera.  Nunca le había dicho lo mucho que la quería. No había tiempo para esas cosas y sin embargo, en la soledad de la vejez, muchas veces se había planteado si no debería haberlo hecho, sólo eso, sólo decirle lo mucho que la quería, con eso no haría daño a nadie.

Ana también estaba en el río, caminando descalza sobre las piedras. Aún hoy podía sentir el frescor y notar la humedad en los dedos. Aún podía ver el claro dónde un día aciago terminó su niñez. Volvió a ver a los pescadores y a oír sus voces, burlonas al principio, agresivas después, bravuconadas de hombres  borrachos pavoneándose delante de otros hombres. Sólo un momento antes había estado pensando en lo que le gustaría viajar y ver mundo y un instante más tarde estaba tendida en el suelo, llorando, sangrando, mirando inmóvil el cielo y las estrellas. Aún así, las lágrimas y la sangre eran una bendición frente a la vergüenza que vino después, la suya, soportable, pero también la de sus padres, que dolió mucho más.

Ella que quería viajar y el único viaje que hizo fue al pueblo de una prima de su padre. Allí la obligaron a ir para acompañar a su madre que “por motivos de salud” tenía que cambiar de aires.  Meses lejos de su casa, de su padre que nunca volvería a mirarla igual, lejos de esa vergüenza que no entendía. Ella era la mancillada, ¿y la que tenía que esconderse? ¿A la que repudiarían en el pueblo si supieran lo que había pasado? Durante mucho tiempo se quedaba dormida llorando y preguntándose porqué, porqué ella, porqué el mundo, porqué.

-Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…

Las voces de las enfermeras inundaron la habitación. Colocaron la tarta en una mesita mientras la sobrina iba de un lado a otro colocando los regalos.

-Seguro que nos oye, -le estaba diciendo a una enfermera. A veces noto que me mira y me escucha.

La enfermera sonreía educadamente, no quería quitarle la esperanza.

-Mira Ana, una tarta con forma de estrella. Como te gustan tanto…

Es cierto, le gustaban. ¿Por qué no? Algunas cosas no pierden su poder de encandilarnos pase lo que pase.

Cuando regresaron al pueblo, aunque Ana era sólo unos meses mayor, parecía que había crecido y madurado diez de golpe. Ningún vecino pudo dejar de notarlo, pero nadie cuestionó el cambio, si acaso alguna mujer algo más espabilada que otras, como Remedios, la Quesera, que si lo hizo fue en la soledad de su hogar y de sus pensamientos, nada más.  Todos se regocijaron con la nueva hermanita de Ana, una bendición tardía para sus padres, decían todos.

-Este es mi regalo,-estaba diciendo Carmen. No sabía que comprarte, espero que te guste, -decía Carmen sacando una caja de una bolsa enorme. De la caja surgió un perrito gris de peluche con las orejas en punta  y un lazo al cuello.

-Lo pondré aquí, en la butaca, ¿ves qué bonito? Se parece un poco a Chusco, el perro que teníamos en el pueblo, ¿te acuerda de él? Siempre estaba mordiéndote la falda y persiguiendo a Sofía, que se moría de miedo cuando veía que se le acercaba. ¡La de remiendos que tuviste que coser aquél año! Creo que el perro ni era nuestro, apareció allí un día por allí con pintas de llevar estar abandonado sin comer varios días y aspecto de haber sido apaleado. Durante mucho tiempo no dejó que nadie se le acercara, sólo tú. que le ibas dejando trocitos de comida por el camino. ¿Te acuerdas?

Ana permanecía inmóvil, pero Carmen quería, necesitaba pensar que la estaba escuchando. Siguió parloteando sin cesar mientras las enfermeras y el resto de residentes daban  buena cuenta de la tarta. Incluso soplaron las velas haciendo el paripé de que había sido la anciana, que inmóvil en la cama asistía inerte a su último cumpleaños.

Cuando la fiesta ya había terminado, Carmen terminó de recoger todo, acomodó de nuevo a Chusco en la butaca y se puso el abrigo para irse. En ese momento Ana giró la cabeza y de su garganta salió un quejido débil. Carmen acudió presta a su lado pero cuando se sentó en el borde de la cama y cogió la mano plagada de arrugas de su hermana, ya no estaba segura de haber escuchado más que su imaginación. Le retiró con suavidad y cariño un mechón de pelo de la cara y suspiró desde dentro, desde dónde escondía  últimamente su mayor miedo, el miedo a que aquél fuera el último cumpleaños de su hermana. Tal vez por eso se había empeñado en celebrarlo, pese a la condescendencia con la que la habían mirado algunas enfermeras cuando lo propuso.  Tenía tanto miedo de quedarse sola, ya no tenía marido, su hija ya era adulta y se iría en cualquier momento y entonces, ¿qué iba a ser de ella?

Apretó fuerte la mano de la enferma. Ella la estaba mirando. Que las enfermeras dijeran lo que quisieran, la miraba, estaba segura. Los ojos de la anciana se humedecieron y nuevamente su boca se abrió en un amago para decir algo.

-No te preocupes, ya sé lo que quieres decirme,  –¿había sorpresa en los ojos de la anciana?-. Lo he sabido siempre.


Ana cerró los ojos. En paz. 





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