miércoles, 30 de noviembre de 2016

Relato: El pececillo y la montaña

Un pez,
una mochila,
un color,
una corriente,
una montaña,
son los elementos de esta historia inventada.


Con todo el cariño para Aitziber y su proyecto "Cuentos Mágicos".


Hace muchos, muchos años, en un país muy lejano había una montaña mágica. De esa montaña nacía un río que corría veloz colina abajo, limpiando campos y refrescando prados.  

A lo largo y ancho de ese gran río vivían un sinfín de peces: peces grandes, peces pequeños, peces medianos;  peces atareados, peces desocupados;  peces con una aleta, peces con dos y hasta con tres aletas. Peces, todos diferentes entre sí.

Sólo una cosa tenían en común: como el río corría montaña abajo, ninguno de ellos había estado nunca en la montaña, ninguno había visto nunca el lugar dónde nacía el río, que era su casa.

¿Eso les importaba?-  preguntaréis.

¡No! Porque siempre había sido así y como siempre había sido así, así siempre debería ser.

¡Pero un momento! Había un pez que… Sí, un pececillo curioso que no se conformaba, que se pasaba las horas preguntándose: “¿Qué habrá en la montaña?, “Ojalá pudiera ir a verlo!”

Se lo preguntaba a sus papas  que le decían: “A la montaña no podemos ir. La corriente es muy fuerte y no llegaríamos nunca. Nadar contracorriente es imposible y los peces somos criaturas muy débiles. Siempre ha sido así y como siempre ha sido así, así siempre debe ser.”

Se lo preguntaba a los peces más sabios que le decían: “La montaña es un lugar muy peligroso. Aunque consiguiéramos nadar contracorriente, los peces no somos valientes, somos criaturas cobardes. No debemos ir. Así ha sido siempre y como siempre ha sido así, así siempre debe ser.”

Pero la curiosidad del pececillo era cada vez mayor y no se conformaba. El soñaba con ir a la montaña y ver con sus propios ojos lo que allí había.

Así que un día, cansado de que todos intentaran desanimarle, se dispuso a intentarlo.  Agarró su mochila naranja de explorador, la llenó de provisiones y emprendió el camino corriente arriba. ¿Sabéis una cosa?  Hasta los viajes más grandes y difíciles comienzan siempre con un primer paso. (Bueno, en este caso, con el primer aletazo.)

Seguro que os preguntáis: “¿El pececillo no tenía miedo? “

¡Claro que sí, y mucho! Después de todo, los peces más sabios le habían dicho que la montaña era un lugar muy peligroso. Pero el pececillo pensaba: “¿Cómo saben que es peligroso si nunca han estado allí?”. Ese pensamiento le ayudaba a estar un poquito menos asustado y así comenzó a nadar colina arriba.

Pronto se dio cuenta que sus papás tenían razón en una cosa: nadar contra corriente era realmente muy difícil y él estaba cada vez más cansado. Pero ¡eh! difícil no es lo mismo que imposible y después de mucho, mucho, mucho esfuerzo, de descansar cada poquito agarrándose a las rocas, de retomar fuerzas con las provisiones que llevaba en su mochila, y con mucho, mucho tesón, consiguió, sí, llegar a la montaña.

¿Y qué creéis que encontró allí? ¿Un tesoro?¿Un palacio? ¿Un reino?

¡Algo mejor!! Lo que encontró el pececillo en el nacimiento del río era mucho más importante porque se encontró a sí mismo. Descubrió que  haber logrado lo que más deseaba , a pesar de la corriente, a pesar de los que le decían que no lo intentara,  a pesar de sus pocas fuerzas y a pesar de su miedo,  le había convertido en un mejor pez.  

Ahora era un pez más  fuerte porque había luchado contra la corriente. Era un pez más sabio, porque había visto cosas que no había visto ningún otro pez. Era un pez más valiente porque había superado el miedo. En definitiva, era un pez más feliz porque había sido el  dueño de su destino.

Porque las cosas aunque siempre hayan sido así, no siempre deben ser así. Y al igual que el pececillo que con su mochila naranja alcanzó la montaña, así todos nosotros podemos alcanzar nuestros sueños si nos esforzamos lo bastante y no nos conformamos.



FIN





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