viernes, 5 de abril de 2013

La Rosca de Pascua




De la zona de Galicia de la que son mis padres, la Rosca es típica por Semana Santa. En esta época los padrinos/madrinas hacen un regalo a sus ahijados, es lo que se llama “dar la Pascua” y tiene casi la misma importancia que los Reyes en Navidad. Recibir “la Pascua” tiene unas connotaciones especialmente afectivas. Tradicionalmente ese regalo era y sigue siendo una rosca, y tampoco hay edad límite para recibirlas. Mi madrina y la de mi hermana siguen dándonos la Pascua todos los años.

En Cataluña por ejemplo existe también la “Mona de Pascua” y en Asturias el "día del Bollu", todas comparten la idea del regalo de una tarta o pastel al ahijado. En culturas anglosajonas existen los huevos de Pascua que también se regalan o esconden para que los niños los encuentren. Todas son tradiciones entrañables.

En Semana Santa las pastelerías de Galicia se inundan de este dulce pero lo típico de verdad es hacerlas en casa. En muchos pueblos, la gente prepara la masa en sus casas y luego hace cola para cocerlas en el horno de la Panadería.

El Viernes Santo es el día en que se suelen hornear pero generalmente el día anterior ya hay que preparar la masa madre (el “fermento”) y dejar que suba durante la noche.

Yo tengo la suerte asistir a este ritual casi todos los años por duplicado, porque tanto en la casa de mi abuela paterna como en el de la de mi abuela materna se preparan exquisitas roscas.

En la de mi abuela paterna se han llegado a preparar algunos años hasta cuarenta roscas (se tienen que regalar, por lo que con mucha familia, ¡¡a veces ni llegan!!), y salvo un año que se hizo en la Panadería, siempre se han horneado en el horno de piedra que está en el exterior de la casa. Este año creo que salieron diecisiete.

Mi abuela materna es algo más modesta con el número de roscas (la familia es más pequeña), y suele hacer unas seis o siete. Hace años también las preparaba en el horno de piedra pero con las reformas de la casa, nos deshicimos de él (una auténtica pena) y ahora las hornea en el horno de la cocina de chapa.

De todos modos las roscas pueden aguantar mucho tiempo si se guardan bien y ahora incluso se pueden congelar para disfrutar de ellas todo el año.

Por supuesto las recetas de una casa a otra nunca son exactamente iguales y por lo general, ni siquiera están anotadas en ningún sitio. 

Aquí os dejo la de mi abuela materna con las cantidades aproximadas de este año apuntadas por mí pero que ella siempre calcula a ojo, por lo que no es nada raro que si vuelvo a apuntarlo el año que viene, no coincida.

  • Ella prepara el jueves el fermento con un vasito de agua, levadura de panadería y harina y lo deja reposar. Este “fermento” dobla de volumen en poco tiempo.
  •  Al día siguiente, derrite en un cazo con un vaso de leche unos 200 gr de mantequilla.
  • Aparte, en un bol prepara la harina en un volcán, añade 6 huevos, 6 puñados generosos de azúcar (y lo de puñado no es una metáfora, ya que usa su mano como recipiente), 1 vasito de anís, el contenido del cazo y comienza a amasar.
  • Después añade el fermento y continúa amasando. Lo de la harina es lo más difícil de calcular, se va echando según se necesite por lo que soy incapaz de decir la harina que se utiliza, creo que en esta ocasión utilizó cerca de 2 kilos.
  • Una vez amasada, se coloca la masa en un cesto envuelta en un paño y se deja reposar medio día. La masa crece de modo asombroso y cuando se saca comienza el proceso de elaboración de las roscas.
  • Mi abuela la elabora del modo más tradicional que os podéis imaginar, porque es obligatorio para ella bendecir la masa llegados a este punto. Suele hacerlo con la mano varias veces mientras murmura unas palabras. Ella lo ha vivido así desde pequeña y nunca ha dejado de repetirlo.
  • Una vez con la forma, se untan con huevo batido y se decoran con azúcar humedecido. Después se meten al horno, que debe estar muy caliente.


El fermento antes y un poco después:









¡Y al día siguiente comenzamos!














 La bendición:









 Después de reposar:



















En cuanto a la casa de mi abuela paterna, mis tías, tíos, y las primas y primos que estén por allí arriman el hombro o a veces, no voy a mentir, sólo “dan apoyo moral” a las que realmente hacen casi todo el trabajo que son mis tías. El marido de mi tía A. suele ser el encargado del horno y por tanto, el que más suda en el proceso. Hay que dar salida a esa vasta producción más propia de un taller que de una casa. El aspecto de las roscas también es más profesional, como de pastelería. ¡Son muchos años de perfeccionamiento!.

En esta versión número 2, aparte de que las cantidades son mucho mayores, también hay otras ligeras variaciones. Por ejemplo, suelen echar menos cantidad de anís y le añaden zumo de naranja o de limón. También se curran mucho más la decoración, ya que suelen confitar tiras de limón y naranja en almíbar, aparte del azúcar humedecido. Esta última vez además, han utilizado dátiles. El orden de incorporación de los ingredientes también puede variar de año en año.

¡Ah! Incluso cambia la forma de hacer la forma de la rosca. Mientras en la otra casa, mi abuela hace un rulo y junta las puntas para hacer la rosca, en ésta, cogen un trozo de masa y le hacen el agujero en el centro que van estirando con las manos.

Las cantidades que apunté hace unas cuantas Semanas Santas fueron las siguientes:

  • 12 huevos
  • 200 gr mantequilla
  • 1 kg de azúcar
  • 1 litro de leche
  • 5 kg de harina
  • Anís
  • Zumo de naranja
  • Y por supuesto, el fermento.

























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