sábado, 26 de diciembre de 2015

Relato: Corazón de guata (IV) -"Violeta"

Sofía apenas tenía 3 años cuando el viento comenzó a traer junto con los habituales  trinos de los pájaros y el zumbido de los insectos, otros sonidos desconocidos aunque afortunadamente para quién los reconocía, de momento,  distantes.   Su madre le explicó un día que eran los cañones de la guerra y Sofía pasaba las noches intentando descifrar por el ruido, cómo sería un cañón y cómo sería la guerra. Ningún mayor hablaba de ello y su imaginación se alimentaba de conversaciones furtivas escuchadas a medias, adultos susurrando en los rincones, con expresión angustiada y la cabeza baja que retomaban con fingido entusiasmo las tareas cotidianas cuando ella se acercaba.

Sabía, eso sí, que la guerra era ese sitio a dónde un día había ido su padre, a quién ya casi no recordaba. A veces, en la oscuridad de la noche, arrebujada entre las mil mantas con que su madre la tapaba en un infructuoso intento de quitarle el frío que se colaba inmisericorde a través de las grietas de la casa, veía imágenes difusas de un hombre y una niña corriendo y riendo en el prado, bajo la inexpresiva mirada de las vacas que de vez en cuando levantaban la cabeza del suelo en que pastaban, imágenes que cada vez se le aparecían más borrosas. Le daba miedo preguntar a su madre y a sus tías, porque sabía que ellas no querían contestar, así que se limitaba a cerrar los ojos e imaginar.

Sofía era muy pequeña para ocuparse de ninguna de las tareas de la casa y no había más niños en la aldea con quién entretenerse. Pasaba los días detrás de las faldas de su madre, viendo como se ocupaba de los animales, del pequeño huerto y de la casa. Su madre se levantaba antes que el sol para ordeñar las dos vacas que aún les quedaban, limpiar las cuadras y dar de comer al cerdo, al conejo y a las gallinas. Si el tiempo era bueno, dejaba que las vacas pastaran al aire libre pero si el día amanecía demasiado frío, tenía que acarrear hasta la cuadra grandes fardos de  hierba que cargaba sobre su espalda ya permanentemente encorvada. Luego era el turno de las labores de la huerta. Sofía se sentaba a su lado sobre la tierra húmeda y enterraba los dedos, haciendo surcos que el aire siempre acababa rellenando. “Nena, ponte mi delantal debajo del culo”, le decía su madre,  pero el delantal acababa olvidado cuando se levantaba tras el rastro de algún bicho que había llamado su atención.  

El mejor momento del día era al volver a casa, ateridas de frío, cuando su madre encendía la cocina de leña y lentamente la cocina iba caldeándose y ellas iban despojándose poco a poco de capas de ropa. Capas que había que volver a ponerse a la hora de salir hacia las habitaciones.

Antes dormían juntas pero la tía Ana le había hecho notar a su madre hacía unas semanas que la nena ya era lo bastante grande como para dormir sola. Hasta entonces, Sofía no había tenido sentimientos especiales por nadie que no fueran su madre o ese padre ausente y ya medio olvidado; el resto de las personas le eran indiferentes.  Pero a partir de ese momento, la tía Ana pasó a una categoría recién creada de “personas que no gustan” y Sofía tuvo que empezar a dormir con su muñeca de trapo en vez de con su madre.

Con la llegada de la primavera, las flores comenzaron a desperezarse perezosas en busca del  tímido sol que calentaba con más fuerza y durante más tiempo que hacía apenas unos días, para regocijo de Sofía, que ahora pasaba más tiempo alejada de su madre haciendo pequeños ramos de flores silvestres que luego metía en algún vaso de agua en la cocina. Los prados y campos empezaron a cubrirse con mil tonos de verde y todos los árboles desplegaban el poderío de sus ramas anticipando los frutos que en breve ofrecerían a quién quisiera cogerlos. Los pájaros, eufóricos, surcaban los cielos mezclando ritmos y melodías. El aire olía mejor y esas noches más cortas, menos frías, suponían una bendición en todas las casas del valle.

Otro tipo de cambios sin embargo, no fueron tan bien recibidos.  Los sonidos hasta entonces lejanos de “cañonazos  y  bombas” (dos palabras nuevas que Sofía había aprendido ese invierno) ya no lo estaban tanto. Cada vez se oían con más fuerza las explosiones y a menudo, las noticias sobre tal o cuál batalla (otra palabra nueva) llegaban antes, no por la rapidez de los mensajeros, sino porque el lugar de la batalla en cuestión se encontraba más cerca.

Otros años, la primavera había traído sonrisas y ánimos más relajados a las personas mayores, pero este año, Sofía se había dado cuenta de que no estaba siendo así. Sus caras se vestían demasiado a menudo de amargos rictus de preocupación y en más ocasiones de las deseadas, ya no se acordaban de fingir otra cosa en su presencia.

Su madre la despertó una noche y le ordenó que se vistiera deprisa. Medio dormida aún, pudo ver que ella llevaba puesto el traje que reservaba para los domingos de mercado, al igual que la tía Ana que miraba desde la puerta, con un par de maletas a los pies. 

-Nos  vamos de viaje, nena.  Vamos a visitar a los tíos de Madrid –, le dijo por fin su madre mientras le terminaba de abrochar la chaqueta.

Sofía tenía un montón de preguntas, estaba segura de que esas no eran horas para hacer ningún viaje, pero no podía hacer ninguna ante los continuos “Chssst” y “Date prisa” de las dos mujeres.  Aún sin respuestas, intuía que ese viaje iba a suponer una larga ausencia así que en el último momento cogió a su muñeca,  y así agarrada a ese trozo de trapo y en brazos de su madre abandonó para siempre el que había sido su primer hogar.

Era noche cerrada pero las dos mujeres se las ingeniaban para seguir el camino hasta el río, dónde unos murmullos entrecortados revelaban la presencia de más gente de la aldea, que como ellas, caminaban en la sombra, con bultos en las manos y sobre sus cabezas. Tras varias horas de caminata en silencio, el tímido sol comenzó a salir entre las colinas, lo suficiente para ver el carro que les esperaba y dónde montaron amontonados para que no tuviera que hacer más viajes.

Al mediodía ya estaban en la ciudad dónde su madre, la tía Ana y ella se montaron en un vagón de tren que las conduciría a Madrid. Rendidas, las tres cayeron dormidas en apenas unos minutos, apoyadas las cabezas de su madre y la tía y bajo el brazo de su madre ella, sujetando en el regazo  la muñeca.
Y Sofía soñó.

Soñó con el último día que había visto a su padre. Era día de mercado en el pueblo. El la llevaba cogida de la mano mientras paseaban entre los puestos de los feriantes. Su madre estaba en uno de ellos, sentada delante de cestas repletas de tomates, lechugas, huevos y quesos que ella misma elaboraba. El día no se estaba dando muy bien, la gente no tenía muchas ganas de gastar.

Más allá de los puestos de alimentos,  en la parte de arriba de la plaza, se colocaban otros que a Sofía le gustaba más mirar. En algunos había artículos para el hogar (cestos, menaje, ropa de cama),  en otros, herramientas de trabajo, en otros cachivaches que nadie, ni siquiera su padre parecía saber para qué servían, en otros, jabones, lociones y cremas y a veces, no siempre, había alguno con dulces para los niños. 

Sofía brincaba más que caminaba, moviendo su cabeza de un lado a otro, principalmente buscando ese último puesto dónde sabía que su padre no podría resistirse a comprarle algún regaliz o caramelo o en ocasiones hasta algún juguetito que el feriante de turno dejaba colgados convenientemente a la altura de los más pequeños. Y precisamente allí, colgada del pelo, estaba Violeta, esperando.


Violeta estaba hecha de trapo y ya había trotado bastante para su corta vida. De hecho, era una muñeca de segunda mano pero con un lavado de cara y unos remiendos, la vendedora pensaba que aún tenía posibilidades de venderla, como así fue. Era el juguete más barato del puesto, el padre de Sofía no se podía haber permitido ningún otro. Pero eso Sofía no lo sabía ni le importaba. Su nueva adquisición, la primera muñeca que tenía en su corta vida, sin contar las mazorcas de maíz con las que habitualmente jugaba, era lo más bonito del mundo, y lo sería siempre, pasara lo que pasara.






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