viernes, 8 de enero de 2016

Relato: Corazón de guata (IX) -"Kokó, el Gorila"

"Ayer no te terminé de contar. El año pasado fue mi particular annus horribilis, ya sabes, como dijo la reina rancia ésa del sombrero  y el bolsito a juego. Fue el año en que me dejó Luc. ¿Te acuerdas de la golfa por la que me dejó? Me enteré el otro día que ya no están juntos y que además ella está embarazada de un carnicero en paro y con cara de pringado. Es cierto que la vida pone a todo el mundo en su sitio, sólo tienes que tener la suficiente paciencia para esperar a que suceda.  Claro, no me iba a quedar en la casa de Luc, dada la situación. Además, él se dio no poca prisa en compartirla con la golfa, a la que no le debió de importar que la cama no estuviese ni fría, dado el poco tiempo que hacía que yo la había abandonado. Pero bueno, ya es agua pasada y ni Luis ni la embarazada me provocan ya más que un leve picor que desaparece tras la primera rascada.

Podía haber alquilado otro apartamento e incluso estuve buscando pero en el último momento decidí que a lo mejor era el momento de volver a España como habían hecho mis padres el año anterior.  La verdad es que nunca nos sentimos muy integrados en Francia, ni siquiera mi hermano o yo que como segunda generación nacida allí podíamos considerarnos franceses, pero mis padres siempre se habían sentido tan vinculados a su tierra gallega y desde pequeños teníamos tan asumido que ellos iban a regresar algún día, que creo que la cultura francesa nunca llegó a absorbernos del todo. 

Mi hermano por ejemplo, con catorce años era esperable que fuera a protestar por la mudanza y sin embargo no pronunció ninguna queja y ahora está más que encantado en el instituto. Aquí siempre fue un niño solitario y por lo que dicen mis padres, allí está encantado y tiene un montón de amigos.  Mi caso era diferente, yo ya tenía trabajo, novio, casa… la despedida fue terrible, yo siempre he estado muy enmadrada ya lo sabes. De verdad iba mi madre a abandonarme para volver a un pueblo perdido en la Galicia profunda? Que para ir de vacaciones estaba bien, pero para vivir, yo no acababa de verlo. Pero cuando veía el brillo en los ojos de mis padres inmersos en los preparativos de dar de baja los últimos años de su vida, sentía hasta envidia. Yo hace mucho que no me emocionaba así con nada. Así que cuando me vi sola y con un trabajo de mierda en un país que nunca has considerado realmente tuyo, ¿qué puedes hacer? Pues llamar a mamá y decirle que me iba con ellos. Dios! ¡cómo se alegró! ¡Y a mí me hizo tan feliz el sentirme tan añorada!. Ríos y ríos de lágrimas que vertimos aquel día. No te rías prima.

Pero sí tenía claro es que yo no iba a ir al pueblo , lo tenía muy claro, así que mis padres buscaron un pisito coqueto y pequeño para mí en A Coruña. Por lo menos estoy en una ciudad y los fines de semana puedo acercarme a la aldea a estar con ellos.

Y hablando de mi nueva casa ¿te acuerdas el frío que hacía al principio? Aún puedo sentir el frío en los huesos cuando pienso en aquéllos meses de invierno sin calefacción, bajo toneladas de mantas e ingiriendo litros y litros de té y sopa calientes. Por cierto que ya no puedo tomar ninguna de esas dos cosas, tal es la tirria que les cogí. Sólo a mí se me podía ocurrir mudarme en los días más fríos del invierno, con la nieve acumulada en las aceras y el caos en el transporte (que no es excusa para que el camión de la mudanza extraviara nada menos que dos cajas, pedazo de inútiles). Podía haber esperado a la primavera con tranquilidad en la aldea, con mamá, que estaba encantada de tenerme de vuelta pero mi impaciencia me pudo. Bueno, mi impaciencia y las discusiones diarias con mamá, ya sabes cómo es, me trataba como si fuera una adolescente malcriada y no estaba yo de humor para ciertas cosas.

Lo peor fue el cambio de trabajo. Con  lo a gustito que estaba yo en aquel despacho en París dónde prácticamente lo único que tenía que hacer era abrir la correspondencia del jefe y ordenar la mesa todas las mañanas.  Hace poco me enteré que habían quebrado. Resulta que mi jefe metía la zarpa dónde no debía, agenciándose de lo que no era suyo, y lo que casi es peor, siendo tan tonto como para que le cogieran.  Me da un poco de pena pensar en lo mal que lo estará pasando en la cárcel un tipo como él, que no se sentaba por no arrugarse el traje. Pero  enseguida se me pasa, me basta con escuchar un par de gritos de mi nuevo jefe y  ver todo el trabajo que tengo acumulado sobre mi nueva mesa de mi flamante nueva oficina.

Cuando empecé en este nuevo curro estaba más colgada que Chita en una liana. No conocía a nadie en A Coruña y no sabía cómo integrarme en los grupitos que ya estaban formados. Sabes que yo no tengo vergüenza precisamente, pero eso es ya cuando he cogido confianza. Al principio lo paso fatal. El caso es no salía demasiado con mis anteriores amigos porque había pocas que no fueran también amigos de Luis y era un poco incómodo y como hacer amigos nuevos se me estaba dando tan mal, me sentía un poco desanimada. Me pasaba los viernes por la noche viendo la tele y comiendo guarradas que le sentaban fatal a mi estómago.

Sí, podía haber llamado a nuestras primas de la aldea, pero tienen su vida,  y no me apetece ser un incordio que tienen que aguantar sólo por ser de la familia.  Ya, ya sé que no  les importa, es lo que se dice siempre cuando sí que importa.  Ojalá tu estuvieras aquí y no en Madrid. ¿Te acuerdas de lo bien que nos lo pasábamos de pequeñas en el pueblo? ¿Y lo bien que estuvieron aquellas navidades que viniste a Francia? ¿Que no te parece que estuviera tan bien? Qué extraño, yo tengo muy buen recuerdo de aquella época.
En cualquier caso, que me sentía sola y ¿por qué no decirlo? tremendamente triste. Si te soy sincera, creo que fue el cansancio. Estaba ya harta de unirme sin éxito a clubs de fotografía, de cocina o de senderismo, a gimnasios,  piscinas o purgatorios similares, sólo para encontrarme con grupos de amiguetes/amiguetas que se habían apuntado en cuadrilla, majetes y majetas ellos y ellas, con el fin de divertirse pero con ninguna intención de ampliar su por lo visto ya completo círculo de amistades.

El caso es que vi el cártel pegado en algún semáforo y me dije ¿por qué no?.  Vale, reconozco que el contenido en una primera lectura podía sonar un poco a secta, pero  en mi ignorancia yo pensaba que una secta no se iba a anunciar con un folio impreso y mal pegado en un semáforo, y de hecho sigo pensando que seguro que son algo más sofisticadas en sus métodos de captación, no sé, por ejemplo un tipo rubio engominado en una esquina que a la vez que te da un folleto, te coge de la mano, te ilumina con su sonrisa y te dice si te apetece unirte a él  y a sus hermanos. Si no corres ni gritas “ ¡policía!” es que eres apta para ser parte de la hermandad de rubitos felices.

Me estoy desviando ¿verdad?.  Como te decía vi el cartel: “Si quieres conocer gente nueva y participar en una experiencia transformadora de verdad, éste es el taller que no debes perderte”.  Sonaba bien para una tarde aburrida de sábado y me presenté en la dirección que venía impresa debajo.

Lo primero que vi fue un montón de personas que parecían estar igual de colgadas que yo. “¡Bien!”. El taller desde luego no fue una experiencia transformadora, yo ni siquiera lo llamaría experiencia y prácticamente ya he olvidado todo lo que allí hicimos, algo sobre runas celtas y laberintos, relajación en grupo y alguna otra bobada. Lo importante es que allí conocí a Fernando.  No voy a mentir, me cayó como el culo cuando le vi, descalzo y vestido de blanco y con expresión de haber sido abducido por una banda de alienígenas y devuelto a la tierra por soso. En vez de andar, parecía levitar y movía la cabeza al son de algún ritmo interior, tan interior que nadie más notaba. Creí que era uno de los que iba a dar el taller, no te digo más, porque desde luego tenía mucha más apariencia de eso que la pareja que de verdad lo ofrecía, un simpático matrimonio de mediana edad, que supongo que al quedarse en paro él decidieron sacar algún provecho a aquel viajecito que hicieron a Escocia, o a Irlanda, o a dónde sea que ahora haya vestigios celtas. Y no está mal, ¿eh? que por lo que nos cobraron, tal vez yo debería montar también un “taller” sobre el poder de las piedras, enseñar todas las fotos que tengo de la catedral de Burgos y sacarme un dinerito para las próximas vacaciones.

Como te decía, Fernando no me gustó, tenía toda la pinta de hacer yoga. Uf, qué pereza, Prima, si hay algo que tengo claro es que una chica no debería salir nunca con un tío que tenga más flexibilidad que ella. ¡Y además estaba calvo! Y era ¿cómo decirlo sin parecer superficial? bueno, pues sí, ¡era feo! Pero como la vida a veces parece un episodio de una sitcom sin gracia, acabamos tomando una copa tras la reunión, y otra más, y otra…  El también acababa de salir de una relación difícil, de un divorcio de hecho. Afortunadamente sin niños. Y resulta que era masajista en paro. Bueno, no era un joyita pero  ¿qué quieres que te diga? ¿Qué necesitábamos cariño? ¿Qué estaba harta de no tener a nadie con quién hablar, a quién quejarme, con quién llorar?

La primera vez que cenamos en casa me trajo una botella de zumo de naranjas ecológicas y un muñeco de peluche. ¡Un gorila Prima! Y tuerto, que el fabricante había querido representar el efecto de un guiño y le había salido una mueca terrorífica. Negro y feo como el demonio, agarrando un plátano con las dos manos y sonriendo como el muñeco diabólico.  Anonadada me quedé y a punto estuve de no dejarle entrar. “No quiero volver a ver a este tío raro ni en pintura”. “Venga ya, ¿un gorila? ¿Te cuento lo de mi colección de Barriguitas y me regalas un apestoso gorila?”. Escondí al “muñeco diabólico” debajo del sofá en cuanto se marchó, por miedo a que me diera pesadillas.

Pero repetimos, ya sabes lo que me cuesta dejar las cosas a medias, y después de quedar varios días, después de charlar, de reír, de bailar,  después de ver todo lo que ese yogui con síndrome de Peter Pan podía hacer por mi salud mental, … En el trabajo empecé a sonreir como una idiota, mi jefe debió de pensar que estaba cogiendo la gripe porque me evitaba cuando me veía y en algún momento me di cuenta que llevaba más de un mes sin mirar a qué estúpido grupo de calceta o macramé podía apuntarme.

Afortunadamente a pesar del yoga y de los talleres alternativos, (y del zumo ecológico), Fernando no era uno de esos frikis tan radicales que no comen carne y se bañan con jabón casero. Lo del jabón puede que lo hubiera llegado a tolerar (siempre que respetara las cien cremas y colonias que tengo en el baño) pero lo de la comida, eso sí que no. ¿Qué hay más agradable que disfrutar de los miles de años de evolución que nos han bendecido con una muestra casi infinita de comida procesada? ¿Quiénes somos para renegar de Darwin?

Pero por suerte Fernando comía carne como debe ser, con expresión feliz y como si no hubiera un mañana. Y bebía cerveza hecha de cebada absolutamente nada ecológica, con más sed que yo. Pronto empezó a parecerme menos feo, menos alternativo e incluso menos calvo. Y en cuanto le quité esa costumbre de vestir de blanco como si estuviera permanentemente a punto de hacer la primera comunión,  incluso me empezó a parecer atractivo.

Y aquí le tengo, remoloneando por casa, porque si algo tienen los yoguis es que trabajar, lo que se dice trabajar no es una práctica muy habitual en ellos, pero es tan agradable tener a alguien que me recibe con besos por la noche, me masajea los pies o la espalda mientras me cuenta los programas que ha visto ese día en la tele y me da calorcito del bueno cuando nos vamos a la cama … que lo que tú y esa panda de cotillas que tienes por amigas les de por decir, no me importa lo más mínimo.

¿Sabes en qué momento supe que lo nuestro iba en serio? Cuando un día después de hablar con él por teléfono, me rompí una uña moviendo el sofá rayando todo el parquet para rescatar al puto gorila tuerto y llevármelo a la cama conmigo.


Mañana te sigo contando Prima, que ahora Fernando me va a dar un masaje. ¡Chao!."






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